sábado, 20 de junio de 2009

Misterio, misterio…

Ella tenía una maceta de flores rojas en la cabeza y un vestido de tela delicada, a juego, de motivos florales. No sé exactamente qué edad podría tener, pero cantaba canciones de tiempos lejanos y tierras lejanas. Álvaro estaba vestido de negro, sentado en una mesa de madera de Café Lyric. A grandes rasgos, es la impresión que puedo contar. Una mujer que se contoneaba con maestría, coqueteando con el público, arrancando a veces la risa, a veces el aplauso. Cautivando a los presentes, con el timbre de su voz, con la expresión de sus gestos, me atrapó a mí también, y pregunté a mi amiga K, sentada en frente de Álvaro, a mi lado, para que contara y tradujera el significado de las canciones. “Está recorriendo uno a uno, todos los amantes que han cruzado su camino. Nos ha invitado a acompañarla y a que imaginemos que viajamos con ella y con el pianista, en el tren transiberiano, pues esta mujer es rusa y canta el folklore de su tierra”. Cuando terminaba una canción, la artista cambiaba de sombrero y dejaba la maceta de rosas, se colocaba una taza y un plato, o un juego de flores. Ligaba con el pianista, que presidía el Café, tal y como un maestro organista en una iglesia. Los bancos para los fieles eran las mesas de los clientes, el altar, el piano, las imágenes religiosas, los carteles de artistas en blanco y negro. Incluso teníamos una vela en cada mesa. Y también se pasó una cesta para dejar propina.
Afuera estaba anocheciendo. Un perro negro recostado en la entrada del Café, nos guardaba del exterior, aunque la calle estaba muy tranquila. Las ilustraciones de Álvaro también tienen parecido con la iconografía religiosa. El color dorado, la expresión y el sentimiento. Yo, como dije, no entiendo gran cosa de arte. Pero sí veo la impresión que deja la belleza, por eso me gustaría aprender y dejar de escribir así, a golpe de impresión. Me he permitido escribir como si Álvaro y la galería en blanco pudieran leer esto e imaginar a la vez una escena. Me temo que he conseguido solo en parte una transmisión. Comunicar es un arte también, o una herramienta. A veces la gente se cree que el ser humano es el único capaz de comunicar, pero no es cierto. Estamos de paso, una milésima de segundo, en el planeta, mientras que otros habitantes, como las aves, nos llevan mucho tiempo de ventaja. En el Museo de Ciencias Naturales de Berlín, se puede admirar el esqueleto de un ave prehistórica, que es el antepasado de estos pardales que comen miguitas de pan en el suelo. Estos vecinos no se comunican con nosotros, pero hemos aprendido a entender su sistema de vida, más o menos predecimos datos por el ritmo de vuelo o por la formación de una bandada. Lo mismo con el arte de la cantante rusa, lo mismo con las ilustraciones que la galería en blanco expondrá dentro de poco tiempo, lo mismo con este texto. ¿Qué quisimos comunicar? ¿Lo hemos conseguido? ¿Alguien podrá leer y traducir todos nuestros signos? La cantante, me dijo mi amiga K, tiene un contrato con la BBC, ahí es nada, para grabar un programa de radio cuyo contenido será el análisis del folklore báltico. Recorrerá aquellos países, sin amantes en el vagón del tren, pero con ancianitas y ancianitos que le hablarán verdaderamente para iluminar con historias y mitos. Merece la pena tanto todo lo que hacemos que incluso lo grabamos en programas de radio, o insisto, hay gente, que elige un espacio en la orilla de una calle llena de vida, traza líneas y fija ritmos de trabajo, a la galería le merece la pena dar significado y llenar de motivación al artista. Como molaría vivir en el Renacimiento y tener un mecenas. Lamentablemente, vivimos hoy y tenemos crisis.
Colofón. La galería va a exponer, parte de la obra de Álvaro. El blanco neutral vuelve a brillar. Let it be.

martes, 16 de junio de 2009


JENSEITS
Algo llegó a cambiar, aunque no sé exactamente si el cambio que quiero contar, lo vio alguien más que nosotros los presentes. A menudo ocurre que uno se cree en posesión de la razón, y por más que habla, no tiene más de ella, al contrario, le falta. Por eso no hablar y ver, no decir pero observar, y no exagerar pero admirar, hace posible que dividamos el mundo en seres valientes y seres cobardes. La gente que no tiene nada que perder, se echa para atrás, pero los que quieren ganar, corren a la plaza. No importa quien gane o quien pierda, nada de miedo le pasa por la cabeza al jugador profesional.
Hay que tener valor para ser un cobarde, hay que tener razón para ganar. Pero aún con todo, perder está a la orden del día. Por eso, tal vez construí un sistema de pesas y balanzas, para equilibrar el mundo desconocido que se abría en la distancia de Berlín. Yo aún tenía fe en la filosofía del viaje cuando me propuse llegar a la calle dorada donde descansan dormidos como corderitos, los sueños perfectos y armónicos de la catalana y la palentina. Me colé en uno de ellos, debo confesar, aprovechando un mes frío de noviembre, cuando me despedían de malas maneras de un recinto ferial. Allí estaba la fuerza, y no me vine abajo, por aquella llamada de teléfono. De quien era aquella voz al otro lado del aparato, sabe de qué hablo. La otra gran idea que tuve fue quedarme en Berlín, pasadas las navidades. Una fiesta que no fui capaz de disfrutar y quien me invitó a salir aquella noche, lo sabe, fue la piedra en el zapato del mes, por mi parte. Yo seguía estelas, rastro de estrellas y polvo de consagración eucarística. Me encontré con la alternativa, y esa vez, no pude aprovecharla. Porque no, porque no pude. Pero no la he olvidado. Y me alegré de ver que no hace falta convertirse en un personaje para vivir tu propia historia. La calle que baja al canal serpentea mansa a la sombra de árboles de hoja caduca. La vida, como decía Irene, la trae el ambiente turco. Pasear por esta zona de Kreuzberg, aporta un soplo de cotidianidad, de realidad, de mercado, de ganancia y pérdida, huele a fruta y a zumo de manzana, por eso la esquina con Reichenbergerstrasse y Manteuffelstrasse, no es blanca, sino brillante. No está en blanco vuestra galería, en absoluto. Y he visto a mi compañera de piso trabajar hasta caer rendida, o casi, para encontrar una pieza fundamental, el nombre del local no existía. Había muchos espacios, muchas ofertas, febrero fue un mes de búsqueda, recuerdo bien, pero antes de las navidades, ya había comenzado, la aventura de realizar un sueño de amigos. La estela que yo he seguido, no era blanca, era brillante. Los corderitos no están pastando hierba en Castilla, sino soñando con ovejas eléctricas, me refiero al cuento de la oveja y el androide que inspira la película de mis obsesiones adolescentes, Blade Runner.
Yo de arte, entiendo solo en la superficie. Me quedo en la imagen de las cosas que veo. No me conmueve ya casi nada artificial, ahora bien, esto del arte, ¿qué es? ¿Cuánto vale? ¿Para qué sirve? ¿Quién lo necesita? ¿Quién lo fabrica? ¿Va a ser expuesto en el recinto ferial? ¿Encaja con nuestra filosofía, señorita? ¿Qué tipo de trabajador es Usted? ¿Está dispuesto a convencer? ¿Puede resistir que un jefe le maneje a su antojo? Olvide Usted el arte y venga por aquí, en nuestra oficina tenemos todo lo que necesita. El ordenador y la papelera.
Trabajará sin descanso y le nombraremos artista. Fabricará arte. Y venderé su esfuerzo, tanto sudor tanto euro, mire a aquellos vagabundos y alégrese de no estar en su lugar. Todo lo que tiene que hacer es firmar aquí, y ahora salte a la pata coja, sin respirar.
Yo de arte, entiendo poco, y de todo lo que me viene a la mente, es el impresionismo donde me encuentro más cómoda. Era una descripción y no una identidad, la imagen que persigue el artista. Cuando Lorena me presentó a André, yo estaba un poco impresionada, porque aquella galería se había convertido en una fiesta, con su música, su barra de alcoholes y agua mineral, vino, cerveza. Me encontré con personas que ya me sonaban, de otras veces, saludé a Irene, me encontré con Tomas, y perdón por las omisiones, pero no recuerdo todos los nombres. Nando tenía un problema con un radiocasete. Así reconociendo el ambiente, André el portugués me condujo a una pared. Es el muro de Berlín, donde la división no es entre Este y Oeste, sino entre realidad y ficción. El proyector enfocaba la fuerza de la imagen y yo eso lo viví como una experiencia memorable. Para empezar, Jenseits, es un juego de palabras. Evoca dos lados, otro lado. Y me hacía cosquillas el fantasma de Jim Morrison, y “break on trough to the other side”. La división del muro era una conquista, si puedo seguir utilizando la metáfora de la vieja Europa, una mano ganada por los vecinos lusitanos. ¡Ay¡ qué tiene Portugal que todo el mundo elogia el tranvía de Lisboa. No tendrá nada que envidiar al tranvía de Berlín, imagino yo. Ceuta era portuguesa y acabó en manos españolas. Pero antes, era del reino marroquí. Y antes que eso, era un lugar donde confluían pueblos mediterráneos. Un lugar portuario, de viajeros. Al observar la pared enblanco, y escuchando la descripción de André, he pensado hoy en aquella vieja historia. De hecho, la muestra de Jenseits que la galería enblanco tuvo la delicadeza de exponer para los espectadores, tiene como pieza central la idea del viaje. Pero no cualquier viaje, sino el romántico y el que no va a ninguna parte, el que no se empieza pero tampoco se termina y sin embargo, está moviéndose. De alguna manera, sobran las palabras. Las mías por lo menos, pero no las de Hölderlin. André tiene un gusto por el mundo clásico que viene a centrarse en la Ilíada, la Odisea y el resurgir del mito gracias al corazón romántico alemán. Es por eso que yo hoy encontré perfecto enlazar las tres líneas, alemana, clásica y la que me nace por la rama más alejada al tronco, la que se eleva como una enredadera, juega con las hojas caducas y termina por posarse sin aliento, en una rama alta pero quebradiza. Que tengáis mucha suerte. Y yo. Nos debemos al viaje. “Até logo!”. Gracias por la presentación.